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Retazos del capítulo #9 (Puñaladas
al Corazón)
En
el año 1993. Había cumplido doce años. Al
menos ya la paz estaba firmada y se podía tener un poco
más de tranquilidad, al menos en ese punto, aunque el drama
continuaba y esta vez peor. Se soltó una ola de ladrones
insoportable, todos los que habían salido de la guerra
y no tenían nada que hacer, se ocupaban en ese tipo de
actividades, ya que al menos en la guerra comían gratis
pero ya fuera de ella tenían que trabajar y no estaban
muy acostumbrados a valerse por ellos mismos.
De sólo ver como había quedado el país de
destruido se podía sentir impotencia de reconstruirlo,
los puentes derribados, las calles parecían ríos
sin agua. Comenzaron a correr unos cuantos y viejos buses, los
que casi siempre terminaban en los abismos con un montón
de gente muerta y para agravarla eran asaltados por ladrones que
dejaban a la gente sin nada; las cosas estaban peor, al menos
en la guerra había más respeto ¡pero estos
estaban prácticamente fuera de control!
Luego
nos marchamos con mi padre a un lugar llamado Pueblo Viejo. Era
un lugar en donde se desarrolló lo más fuerte de
la guerra, donde murieron innumerables personas, civiles, guerrilleros
y soldados. Todo ese lugar se había convertido en un pueblo
fantasma, sólo se podía apreciar lo que un día
fueron casas, se necesitaba mucho valor para caminar por ahí
por la vista que no era nada agradable. Se veían las casas
quemadas, restos de animales y de humanos, tremendos huecos en
la tierra por las bombas, letreros en las paredes que quedaban
en pie, que decían: “Somos la fuerza”, entre
otras cosas. Además, había la posibilidad de pararse
un una mina y quedarse sin pies si tenía suerte y no perdía
la vida, ya muchos habían corrido con esa suerte pero no
había de otra, se tenía que correr el riesgo.
Y
así, junto a mis hermanos y unos primos nos fuimos a Pueblo
Viejo, a labrar la tierra, hacer maícilleras, frijolares
y milpas con nuestras propias manos, abonándoles y dándoles
los cuidados necesarios para que produzcan.
En
ese momento, mis padres pasaban por una etapa crítica matrimonial
y estaban a punto de separarse, tenían muchas razones para
hacerlo de lo cual no puedo dar una razón exacta. Lo que
sí es cierto, es que yo a esa edad tenía una vida
muy agitada, es todo lo que puedo decir.
Nos levantábamos a las dos de la mañana para prepararnos
unos cuantos frijoles duros llamados Segovianos, en especifico,
eran unos frijoles que regalaban en los repartos los soldados
poco tiempo después de haberse firmado la paz, una o dos
veces al año, esto se convertía de gran ayuda para
ciertos lugares de la comunidades pobres del pueblo salvadoreño.
De
todos esos momentos arduos de trabajo, les traeré una pequeña
anécdota, de cuando estaban Marisela, Cristina y yo, y
algunas veces mi padre. El no se mantenía mucho tiempo
con nosotros en el campo por buscar algo de dinero por otros medios.
Mi padre nos mandaba a hacer un fogón de madera allí
desperdiciada para calentar las tortillas, luego comenzábamos
a comer los frijoles que sonaban en los depósitos de plástico.
Recordaba
Ignacio, recostado en la soledad de su recamara con una vieja
fotografía de su padre en la mano.
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Retazos del capítulo #9 del Libro "Puñaladas
al Corazón"
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