Gente
Playas
Cultura
Opinión
Enlaces
Eventos
Historia
Artículo
Archivos
El Amate
Negocios
Chatroom
Telefonos
Ubicación
Actualidad
Comentario
Americanos
Marzo 2006
Contacténos
Personalidad
Chismeando
r

Puñaladas al Corazón

J. fredis Romero, nació en Usulutan, El Salvador, en el año 1981. Realizó parte de sus estudios en el la escuela Arcos Del Espino. Fue ahí donde dió sus primeros pasos en el arte.

Retazos del capitulo #2 (Puñaladas al Corazón)

Estaba sentado Lucas a la orilla del mar mirando las olas elevarse en la frescura de esa tarde de viernes; había cumplido catorce años, los que sin lugar a duda le habían afectado mucho por las malas experiencias que a su corta edad había tenido. Todo esto lo iba haciendo más rebelde. Contestaba mal a mi padre cuando él le exigía cosas, lo que provocaba el maltrato físico y psicológico pues éste lo golpeaba como a un animal dejándolo casi muerto. Mientras mi padre más lo maltrataba, Lucas más rebelde se volvía. Mi madre sufría muchísimo por todo el maltrato que Lucas recibía. Todo había comenzado hacía mucho tiempo, desde que vivíamos en Cabañas, seguido por todos los lugares que radicamos.

Año 1986. Eran los momentos más difíciles de la Guerra Civil salvadoreña, en donde mataban a la gente como animales sin importarles nada. Maltrataban y violaban a las mujeres les cortaban la lengua para que no dijeran quién lo había hecho, y la que no corría con esa suerte le quitaban la vida de una forma brutal.
No tengo la fecha exacta de cuándo llegamos a la playa Santa Catarina, sólo sé que yo era un bebé. Llegando a ese lugar mis padres conocieron una pequeña familia, los únicos vecinos más cercanos que tenían, con los cuales se hicieron buenos amigos.
Contaba mi madre que tenían unas hijas muy hermosas a las cuales les gustaba jugar conmigo. Todo esto no lo puedo olvidar ahora que ya soy mayor y puedo entender lo que mi madre me contaba.
Seguidamente conocieron a otra familia, con los que entablaron una buena relación. Los señores tenían cuatro hijos, dos mujeres y dos hombres, de los cuales el menor de ellos murió durante la guerra siendo brutalmente asesinado con tan sólo quince años de edad. ¡Y lo más triste fue que nadie supo dónde lo enterraron! Ni sus padres tuvieron la oportunidad de verlo por última vez…
Este joven, que en paz descanse, se hizo buen amigo de Lucas, el cual sintió mucho su muerte como todo aquél que lo conocía, pues fue un joven humilde y de muy poca educación escolar, sin faltar la de sus padres.
Este golpe fue muy fuerte para los padres de este joven, no tenían razones ni motivos del por qué acabar con su vida a su corta edad y más de una forma tan brutal. Su padre, un humilde labrador de la tierra, por causa de tanto sufrimiento se enfermó hasta morir años después de la muerte de su hijo. Pero antes de su muerte, pidió a Lucas y Carolina que fueran los padrinos de su hija menor, Marisela, la única que le quedaba; la otra se marchó sin saber de su paradero antes que la guerra comenzara y el único varón que le quedaba se marchó a los Estados Unidos al principio de la guerra, y del que tampoco sabían nada. Era todo un completo sufrimiento para esta familia como lo era para muchas familias salvadoreñas, ya que al que no le mataron un hijo, le mataron al papá, al tío, hermano, o esposo; era todo un drama sin montajes.
Se preguntarán por qué les hablo tanto de esta familia, pero luego entenderán las razones.

Los soldados y guerrilleros se aparecían en todo momento formando así grandes enfrentamientos donde perecieron varias familias, hombres, mujeres y niños, que no tenían nada que ver. Pasaban por las casas pidiendo comida a la fuerza y había que dárselas. De no ser así correría sangre.
En ese tiempo los fines de semana hacían fiestas en el centro de Santa Catarina, que era un lugar turístico todavía a pesar de la guerra, aunque los únicos espectadores eran las fuerzas armadas.
En uno de esos oscuros fines de semana, de esas noches que son de las más tristes que se puedan imaginar, por todo lo que paso, aquella tarde, sábado veintiocho de marzo, los soldados acamparon a la orilla del mar bajo los árboles de coco, esa tarde por lo tanto había fiesta en Santa Catarina e invitaron a todas las jovencitas que por su camino se cruzaron para ir a bailar con ellas. Cuando ellos pedían que les acompañaran y se negaban a su petición, la mañana siguiente seguramente no aparecían. Las jóvenes que eran las vecinas más cercanas que mis padres tenían, habían sido invitadas a la fiesta, a lo cual ellas se negaron.

Esa tarde los soldados fueron vistos afilando cuchillos de esos que las fuerzas armadas suelen usar, cortos, gruesos y pesados, con cachas de metal, los cuales contienen filo por un lado y por el otro son unos pequeños ganchos tipo sierra; los estaban preparando para la atrocidad que cometerían al caer la noche. No se supo exactamente a qué hora fue, lo que sí es cierto es que esa noche se convertiría en la más oscura de aquel verano. En medio de las tinieblas de la noche forzaron las puertas y los mataron a todos, incluyendo dos niños de cinco y seis años. Esa noche para mala suerte los visitaban unos familiares, los cuales corrieron la misma suerte. En la casa mataron a nueve personas siendo decapitadas todas.
En el momento de la tragedia mi madre acababa de dar a luz a Claudia, mi hermana menor. Y mi padre trabajaba aserrando madera con su hermano menor en un lugar muy retirado de la casa, por lo cual tenía que levantarse temprano para llegar a tiempo al trabajo.
Salía de casa aproximadamente a las dos de la mañana y tenía que caminar más de dos horas para llegar a su destino.

Perdonen que les cambie un poco la historia pero siento el deseo de escribir algo de esta hermosa tarde. Me encuentro en el balcón de mi apartamento; es una tarde fresca en pleno verano donde la temperatura suele ser de más de 90° F grados; pero esta tarde no es así, creo que está entre los 60°F. La tarde es fresca, el cielo está un poco nublado, está corriendo viento, es una tarde única y muy silenciosa, no sé si es ella o soy yo pero la siento bastante triste, a lo mejor es que estoy solo. Bien ya les he contado de cómo me siento, ahora continuaremos con la historia.

Contaba mi padre acerca de cuando él iba al trabajo en aquella oscura noche, podía apreciar a lo lejos pequeños bultos blancos esparcidos bajo los árboles de coco. No le llamó demasiado la atención averiguarlo, imaginándose que a lo mejor habían lavado ropa un día antes, dejándola tendida afuera y el viento se las había esparcido, fue lo primero que su mente percibió. Al amanecer se apareció un hombre de aspecto fornido, el estómago un poco grande con los botones de la camisa que ya mero se daban por vencidos, la barba y el bigote descuidado. Tenía una gorra bien sujetada a la cabeza, tocó la puerta con desesperación; mientras mi madre se levantaba con dificultad, él seguía tocando a la puerta, ella no pudo pararse pronto; tenía sólo nueve días de haber dado a luz a Claudia, abrió la puerta…y el hombre le preguntó mirándole a los ojos.
— Señora, ¿sintió algo en la noche, algún ruido, grito o algo?
— No señor, no escuché nada. ¿Por qué me lo pregunta?, dijo sorprendida mi madre, mientras me acariciaba el cabello, pues yo en ese momento estaba abrazado a su pierna izquierda.
— ¿Ustedes conocen a la familia de la casa de alto, verdad?, preguntó el de la panza grande.
— Sí, claro son nuestros vecinos y además nuestros amigos.
— A toda la familia la asesinaron anoche.
— ¡Eso no puede ser cierto!
— Señora recoja todos sus niños y enciérrelos, no le abra la puerta a nadie.
Mi madre se puso muy nerviosa e hizo lo que el hombre le pidió. Así pasaron las horas hasta que mi padre regresó.
Mientras tanto la gente comenzó a mover los cuerpos ya sin vida para el centro de la casa, depositándolos en el piso sobre carpetas negras y cubriéndolos con sábanas blancas por el momento, ya que les habían dado tiempo para que pudieran enterrarlos; de no ser así, los perros y los buitres se harían cargo de ellos. Rápidamente cavaron una fosa a un costado de la casa y los sepultaron a todos juntos.

Dos días después, llevaron a tres hombres más, quienes corrieron la misma suerte, fueron asesinados de una forma escalofriante, primeramente los torturaron quitándoles los dedos, pidiéndoles una verdad que ellos no tenían por lo tanto no podían contestar las descabelladas preguntas y así les fueron quitando miembros del cuerpo hasta dejarlos sin vida. A uno lo dejaron decapitado colgado de los pies en el segundo piso de la casa, dejándole la cabeza en la sala y el otro en la parte interior de la cocina sobre una plancha de cemento, con la cabeza aplastada por una piedra, y el tercero en uno de los cuartos de la parte interior de la casa. A éste le dieron contra las paredes hasta dejarlo desfigurado, dejando las huellas de su cuerpo ensangrentado en las paredes. Luego los animales hicieron el resto, ellos no pudieron ser sepultados, pues sus malhechores no lo permitieron y corrieron con la suerte de ser devorado por los perros y buitres, esparciendo los restos mortales por todas partes. El olor por lo tanto era insoportable. La casa de mis padres quedaba atrás para donde el viento soplaba, por esa razón tuvieron que abandonar la casa por un tiempo, mudándose a la casa de unos amigos, los padres de Marisela, por unos cuantos meses, y sólo mandaban a Lucas y Carolina a darle de comer a los pollos y asegurarse que todo anduviera bien por la casa.
Cuenta Carolina del miedo que tenían que pasar cuando los mandaban a darle de comer a los pollos, se aseguraban que la marea estuviera baja, para no tener que pasar tan cerca de la casa de los muertos. Cuando pasaban por allí, hacían una sola carrera sin dejar de ver la casa, por si algo se acercaba a ellos les diera tiempo de escapar.

Pasaron tres meses, ya era tiempo de volver otra vez a casa y tratar de seguir con la vida normal de antes. Pocos días después los ladrones comenzaron a desbaratar la casa, llevándose todo lo que en ella había: madera, techo, lo que pudiera servirles o darles dinero, dejando como huellas las paredes manchadas de negro por la sangre derramada, unas cuantas maderas colgando y las paredes de lo que un día fue una hermosa casa. Reconociendo así la casa hasta la fecha, como la Casa de la Finada Blanca, a quien todo mundo respeta hasta ahora.
Así han pasado los años y nunca se dijo nada de quién cometió semejante crimen.

Envíe su comentario sobre estos Retazos del capitulo #1 del Libro "Puñaladas al Corazón" volver21@hotmail.com

** Lea "Puñaladas al Corazón" que está muy interesante. Lo puede ordenar desde la casa editorial y obtendrá mejor precio. www.authorhouse.com o www.barnesandnoble.com Aportemos a la cultura salvadoreña y al misma vez colabora para que nuestro escritor J. Fredis Romero pueda consagrarse como un gran escritor.

© Copyright-2003 Carlos A. Velásquez Blanco