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Retazos del capítulo #14 (Puñaladas
al Corazón)
Eran
las siete de la mañana, la mañana era hermosa y
en un día normal; a quien era más difícil
encontrar en la cama era a mí, pero no se ve por ninguna
parte. Ha esta hora ya les ha dado de comer a los animales. Creo
que pensaba mi madre.
—Pero…
¿Dónde está éste niño? Decía
mi madre tratando de encontrarme. Mientras caminaba hacia el pequeño
cuarto cerrado con carpeta de nylon, y levantó la cortina
-que era la puerta-. Y me miró que estaba hecho puño
con las manos entre las piernas echado de costado, ella trato
de despertarme hablándome pero yo no le respondí,
sólo di como señal un pequeño movimiento
quedándome en la misma postura.
—¿Hijo qué te pasa? ¿No te sientes
bien? Preguntó mamá mientras yo seguía sin
responderle, ella se acercó y pasó la mano por mi
frente, estaba ardiendo en fiebre.
—Dios santo hijo ¿Por qué no me habías
dicho nada? Exclamó mi madre y trató de moverme,
yo me quejé muy fuerte diciendo.
—Me duele.
—¿Qué te duele mi amor?
—Todo, me duele todo el cuerpo. Ella trató de calmarme
diciendo.
—Ya mi amor, le voy a dar medicina que me lo va a poner
bien.
Y salió caminando dirigiéndose a la cocina susurrando
para sí misma.
—Esto es muy raro; este niño estuvo jugando y corriendo
por todas partes ayer por la tarde y ahora resulta que esta tan
mal. En ese momento mi padre estaba desayunando en la cocina y
cuando ella entró con cara de preocupada él se le
quedó mirando y preguntó.
—¿Qué pasa mujer, por qué tan preocupada?
—Es por Ignacio, estaba perfectamente bien ayer y ahora
esta temblando en fiebre.
—No te preocupes los niños son así.
Ella lo miró y siguió haciendo lo suyo. En todo
esto yo aproveché para cambiarme de ropa, pues la que tenía
estaba manchada de sangre. Asegurándome que nadie la fuera
a encontrar, para luego yo mismo ocuparse de ella cuando estuviera
mejor.
Sentado Ignacio dejó caer sus manos y se tiró sobre
la mesa, no podía seguir narrando y comenzó a llorar,
el corazón estaba apunto de explotarle, recordando ese
momento cuando su madre frotaba su frente preguntando que era
lo que le pasaba y él no podía decir nada por miedo.
De pronto levantó la mirada con los ojos rojos llenos de
lágrimas y siguió diciendo:
Era tan grande el dolor físico que sentía, pero
lo que realmente me mataba, era el miedo a que mi madre fuera
a descubrir que mi ropa estaba manchaba de sangre.
Volvió a cambiar la cara de Ignacio y pegó un grito
levantando la mesa en donde estaban las máquinas de escribir
todo salió volando y dijo contadas sus fresas.
Mierda, ¿por qué me arruinaste la vida?
Y caminó para la pared tratando de clavar las uñas
y pegando con las dos manos y la frente en la pared. Todos nos
quedamos atónitos por todo el desastre de unos cuantos
segundos, mientras él seguía dándose pequeños
golpes en la pared y repitiendo la misma palabra diciendo en voz
suave.
¿Por qué?, ¿Por qué?
Cuando logró calmarse nos miró a todos y dijo:
Lo siento.
Y salió camino al baño, quedándose ahí
por más de una hora. Ese momento lo aprovechamos para levantar
lo que quedaba bueno y poder seguir.
Había pasado ya una hora e Ignacio no salía. Nos
empezamos a preocupar y fue cuando abrimos la puerta por suerte
estaba sin llave. El estaba sentado a la orilla de la bañera
con las manos agarrándose la cabeza. Lo tomamos uno de
cada mano y lo llevamos a la cama, cuando lo habíamos acostado,
dijo.
En ese momento que mi madre se ocupaba de mí, mi padre
gritaba a una de mis hermanas amenazándola con castigarla.
Fue cuando me di cuenta que no podía cometer el error de
decir lo que me había pasado, él no lo entendería
y seguro que terminaría echándome la culpa a mí,
creía yo en ese momento que hacía bien ocultando
pero en sí fue el peor error, esto es algo que nunca debes
ocultar.
Terminando de decir esas palabras se quedó profundamente
dormido.
Al día siguiente
Todo esto pasó por un lapso de tiempo de tres meses. No
sabía nada de mí mismo, mi vida era mantenerme alejado
de todos y llorar, lloraba muchísimo en silencio, cuidándome
de que nadie me viera. Desde el momento en que fui violado, renuncie
en su totalidad a ser niño. Ya no quería vivir ni
jugar con mis hermanos mucho menos con los demás niños.
Sentía dentro de mí, que no era como ellos, sintiéndome
diferente a los demás. Era un montón de sentimientos
encontrados los cuales me hacían sentir avergonzado de
mí mismo, sucio, sintiendo desprecio por mi cuerpo. No
sabía como superar eso y la única salida que creía
tener, era quitarme la vida.
Una tarde dije llorando, mirando de rodillas
hacia el cielo. En ese momento le pedía a Dios que me quitara
la vida, ya no la quería. Me sentía culpable de
lo que había pasado y no entendía porque, pidiéndole
a Dios que me perdoné, pero ya no quería vivir.
Me mantenía alejado de todos, en sitos que sólo
yo conocía, en donde me refugiaba a desahogar mi pena,
en esos momentos de tanto dolor, me recostaba en la arena con
los brazos extendidos en forma de cruz, miraba al cielo pidiéndole
a Dios que por lo menos se deje ver en las nubes.
No sé como lo tomaran ustedes, pero en esos momento de
tanto dolor, vacío y soledad, le podía ver en las
nubes y miraba que me sonreía. Lo que no logro entender
hasta ahora, es que en esos momentos tenía los ojos cerrados
pues sólo así podía ver su reflejo en las
nubes y con los ojos cerrados me quedaba dormido.
Después de esa desgracia tuve muchos
problemas con las relaciones personales, había perdido
la confianza a la gente, además, la comunicación
con mi padre era malísima; de por sí ya lo era y
con lo que pasó era peor. Ya no hablaba con nadie de nada
excepto lo necesario, nunca decía nada de mí mismo
ni respondía ninguna pregunta referente a mi persona. Mucho
menos permitía que mis hermanas o mi madre se ocupen de
lo mío. Pues había aprendido hacerlo todo con tan
sólo ocho años de edad era ya una persona completamente
independiente, cuidando de mis hermanos menores, cuidando de ellos
para que no les hiciera falta nada ni les pase lo mismo que me
paso a mí, era el temor mas grande que ocupaba mi corazón.
En el fondo de mi, tenía mucho miedo de que les fuera a
pasar lo mismo. Además, cuidaba de que nadie fuera a ver
mi cuerpo, mamá y mis hermanas la última vez que
vieron fue antes de la violación. Des pues de eso, todo
para mi era más complicado, hasta para bañarme y
para mi mala suerte el baño era a la vista pública.
Por lo de la guerra la economía no lograba ganarle la batalla
a la pobreza y lo que tenía que hacer, era bañarme
con ropa. Esa las pasaba, pero lo triste para mí era cuando
me enfermaba, mi madre me trataba de obligarme a que me quitara
por lo menos una parte de ropa, para sobarme el cuerpo con manteca
de cerdo o bien sea -cuche- como usted se sienta más cómodo
llamarlo, lo importante de esto es que nos estemos entendiendo
y que todos estemos en el mismo tren.
Volviendo a lo anterior; pues yo casi
siempre le ganaba la pelea a mi madre, porque cuando ella miraba
que estaba dispuesto a morir a cambio de no quitarme más
que la camisa, ella se acomodaba a mi capricho. Pero en todo esto
lo que más me preocupaba, era que mi madre o mis hermanas
se ocuparan de mis cosas, no me sentía digno de que ellas
me prestaran atención, era yo el que se sentía obligado
a convertirse en su esclavo. Por el hecho de sentirme la peor
cosa que existía sobre la tierra.
No me gustaba salir a menos que fuera necesario, porque yo creía
que cuando caminaba todo mundo me miraba y se burlaban de mí,
por todo lo que me había pasado. Sentía como si
la gente ya lo supiera. Así vivía la mayor parte
de tiempo encerrado, encierro que con el tiempo me trajo muchas
complicaciones.
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al Corazón"
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