|
Retazos del capítulo #11 (Puñaladas
al Corazón)
Como
siempre lo que nunca deja de pasar y llegar son los años.
A pesar de los golpes que nos daba la vida, yo seguía alimentando
mis sueños y mis hermanos los suyos. Ya sólo quedábamos
unos pocos cuando Marisela se escapó con un hombre que
apenas había conocido.
Este
hombre, llegó a trabajar para una persona que tenía
un terreno en la playa. Habían venido a construir unas
ramadas días antes de la Semana Santa, y entre todos ellos,
había un muchacho muy humilde, que hablaba de muchas cosas
que tenía, como televisores, aparatos, cosas que nosotros
no conocíamos y nos llamaba mucho la atención, por
no tenerlas y al escucharlo se nos despertó un interés
incontrolable y así fue como Cristina y yo nos pusieron
de acuerdo para convencer a Marisela que se escapara con él,
sin saber si él, estaba o no enamorado de ella. La cosa
es que hicimos todo lo posible para convencerla.
Este
chico ya le había propuesto a ella que se escaparan; cosa
que Cristina y yo lo supimos hasta después de haberla convencido
y dijo que sí, presentándose otro problema.
Cómo decirle a él que ella estaba de acuerdo a escaparse
con él; la cosa es que lograron convencerme a mí
para que se lo diga personalmente, sin darnos cuenta por la ignorancia
al peligro que la estábamos exponiendo.
En
su huida, la conciencia no nos reprochaba hasta después
de unos minutos de haberse escapado; nosotros mismo la habíamos
visto partir cuidando que nadie se diera cuenta. Como diez minutos
después, mamá empezó a llamarla y cuando
ella no le respondió comenzó a buscarla preocupada;
pues era una niña de dieciséis años. Ese
fue otro momento difícil para la familia, era otra ayuda
que se nos iba, pero a Cristina y a mí por el interés
de todo lo que habíamos oído no nos importaba pasar
más trabajos. Todo esto sin pensar en el peligro y la desesperación
de mi madre; después de ver la preocupación de mamá,
fue que Cristina y yo comenzamos a preocuparnos y pensar en las
consecuencias.
Dijo Cristina mirándome con los ojos bien abiertos, de
por si, tiene los ojos grandes y si leda miedo peor.
— ¿Y si la mata?
— No creo. Respondí mientras me comía las
uñas por los nervios.
— ¿Y si tiene hijos? Decía Cristina asustándome
más a mí. No, no creo, respondí otra vez
mirando al piso positivamente.
—
Sólo Dios lo sabe. Exclamo Cristina caminando a la cocina
rascándose la cabeza.
Pues de este hombre sólo se conocía el nombre que
al final resultó ser falso, tenía otro nombre el
cual ni sus compañeros conocían; con el tiempo supimos
que había sido guerrillero más nada.
Pasaron unos largos días para que él apareciera
por la casa buscando la manera de hablar con mis padres y arreglar
las cosas. Fue entonces que conocimos de él, que era un
hombre pobre y no tenía nada, nada más que a su
madre que lo había abandonado cuando era un chiquillo y
a su padre que era un alcohólico.
En verdad era un hombre sufrido y bueno, sólo contaba con
una hermana menor, la cual se crió como pudo en casa de
otras personas.
Después
que él habló con mis padres, sólo quedaba
esperar que Marisela se apareciera por la casa y no lo hizo hasta
después de un largo año sin saber nada de ella;
eso para Cristina y para mí fue muy triste, nos sentían
culpables por todo lo que habían pasado. A veces nos ponían
a llorar pensando en que él la había matado, o tal
vez la trataba mal sin que nadie la pudiera ayudarla.
Era
así como nos ponían a rezar pidiéndole a
Dios por ella para que no le pasara nada. Dándole gracias
a Dios, cuando Marisela se apareció en casa después
de un año y comenzó a contarnos a Cristina y a mí,
que era un hombre pobre y no tenía nada de lo que dijo,
pero sí era un hombre bueno y trabajador.
Ahora con los años puedo decir… Que aprendió
a amarla hasta dar la vida por ella. En todo el tiempo que tuve
la oportunidad de conocer sus vidas puedo decir que eran muy felices.
Después
de un tiempo se mudaron al mismo lugar en donde mis padres vivían,
y comenzaron a trabajar en cosas distintas. La casa a la que se
mudaron era pequeña y además de serlo, se humedecía
en tiempo de lluvia. Pero aun así eran felices, hasta ese
momento habían procreado ya una hija la cual era muy consentida,
las cosas poco a poco fueron cambiando hasta llegar a la normalidad,
si se puede decir de esa manera. Yo seguía creciendo mis
hermanas también y por suerte mis padres lograron controlar
sus emociones por la gracia de Dios.
Envíe
su comentario sobre estos
Retazos del capítulo #11 del Libro "Puñaladas
al Corazón"
volver21@hotmail.com
|