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Marzo 2006
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Puñaladas al Corazón

J. fredis Romero, nació en Usulutan, El Salvador, en el año 1981. Realizó parte de sus estudios en el la escuela Arcos Del Espino. Fue ahí donde dió sus primeros pasos en el arte.

Retazos del capítulo #10 (Puñaladas al Corazón)

Ha amanecido otra vez, a pesar de estar un poco frío, la mañana no deja de ser hermosa. Mientras yo, sigo trayendo recuerdos de toda mí vida a mi memoria, como si los estuviera mirando en este mismo momento. Ahora que puedo verlo desde aquí arriba, veo todo en su mayor parte bonito, aunque en ese momento fueron los tragos más amargos que había bebido junto a mis hermanos.
No puedo apartar de mi mente los rostros de Cristina y Marisela, rojos y sudados por el sol. En sus rostros se podía apreciar la tierra del polvo que se levantaba al labrar la tierra limpiando los sembríos de la mala hierba. Sólo nos mirábamos unos a otros, reflejando una profunda tristeza al ver por todo lo que estábamos pasando, la pobreza y además, nuestros padres a punto de separarse. Todo eso nos hacía la vida mucho más difícil. Así, fue pasando el tiempo hasta que la cosecha comenzó a madurar. Ahí se volvieron las cosas un poco más duras, porque había que recoger la cosecha y las maneras de hacerlo eran muy especiales; ahí, sólo se podían recoger con caballos o bestias como les solemos llamar, ya que era un lugar muy alejado en el centro de las montañas y la guerra apenas había finalizado, todo estaba destruido, la gente comenzaba a reparar las calles y los pocos caminos que quedaban. Habían pasado muchos años sin que fueran transitadas, y se habían convertido en ríos y tremendos huecos, era muy difícil de recorrer con bueyes y carretas, pero la necesidad era tan grande que a mi padre no le quedaba más que sembrar allí.

En estos momentos de la historia ya dos de mis hermanos mayores se habían casado, estaban tratando de hacer sus vidas por su propia cuenta.
Mi padre a pesar de todo el sacrificio de nosotros trabajando a su lado; era demasiado duro, nos trataba sin muchas consideraciones sin importar nuestras edades.
Muchas veces nos obligaba a realizar trabajos muy pesados, los cuales estaban sobre nuestras capacidades pero había que hacerlos como fuera, por temor a sus castigos que eran casi de muerte. La verdad, el tenerle miedo era poco, le teníamos pavor.

Dijo Ignacio mientras miraba por la ventana a un pequeño lago, a unos patos que nadaban.

El nos mandaba a cuidar la maícillera de los pájaros que se las comían y la hora de irse era lo mas difícil, demasiado temprano, las cuatro, o cuatro y media de la madrugada por los oscuros callejones que lo único que se escuchaba, era el cantar de los pájaros, el ruido de las hojas por las ardillas y tener que regresarse a las siete y media de la noche, por el medio de las montañas. Todo esto lo tuve que superar; pues la mayor de las veces tenía que ir solo, y muy pocas veces me acompañaba uno de mis primos en donde vivía, en casa de tía Betty, hermana de mi padre.
La señora era muy cariñosa y considerada conmigo, y cuando mi padre se ponía duro, ella me defendía de la mejor manera posible, discutiendo con él cuando me trataban psicológicamente mal, con palabras y amenazas de castigo. Nuestras vidas se habían convertido en un calvario, por darle una palabra, pues cuando él llegaba a casa de tía Betty, era sólo para regañar y gritarnos. Fue así como yo aprendí a rezar, la mayor parte del tiempo me mantenía haciéndolo para que él no llegara y así poder jugar por lo menos después del trabajo con mis primos y amigos. Pequeños amigos que no se han conservado, por los pocos ratos de convivencia que tenía con ellos.
Hasta eso me negó la vida. Son los recuerdos mas bonitos que tengo en mi memoria de cuando nos reuníamos todos, eran momentos inolvidables; en los cuales volvía a ser niño, pues hacía mucho tiempo que había dejado de serlo a causa de las responsabilidades; a pesar que sólo tenía doce años de edad, mi vida se había convertido en montón de problemas y temores, vivía una vida de adulto a mi corta edad. En esos momentos de juego que eran muy pocos, a veces se aparecía mi padre, echándonos a perder la diversión que sin duda alguna me hubieran gustado vivirlos por más tiempo.
Cuando sabíamos que estaba llegando nos ocultábamos, buscando la manera de no dejarnos ver, por el miedo a que nos llamara y pedirnos cuenta del trabajo que por ser pequeños no habíamos realizado.

Así pasó el tiempo, la cosecha secó, y había que traerla a casa y no quedaba de otra que levantarse a las dos de la mañana, caminar por tres horas en medio de las montañas, desde la casa hasta el lugar del trabajo con unos sacos de yute cada uno, y un caballo viejo medio ciego que nos había prestado la tía Betty y llegábamos a las cinco y media al trabajo, cansados, pues el camino era largo. Tan pronto como podíamos empezábamos a preparar la carga para el caballo, y luego nuestros propios bultos de maíz, sabiendo que estarían sobre los hombros por un máximo de tres horas y media, y para aminorar el bulto pequeño le quitábamos las hojas, desgranaban el maíz, para que a la vez nos rindiera mas el viaje. Eran tres horas la distancia a casa, caminando a paso rápido. Eso fue por mucho tiempo, aproximadamente mes y medio; seis días a la semana.
¿Saben? Dijo Ignacio con una sonrisa de recuerdo marcada en su rostro.
Ahora que ya veo las cosas más claras y con mente más madura, creo que si el viejo, que quiero tanto a pesar de todo, hubiera sido más tolerante con nosotros en esos momentos, no hubiéramos salidos adelante. Su trato nos animaba de alguna manera, a sacar las últimas fuerzas que nos quedaban, y con lágrimas en los ojos caminábamos hasta llegar a casa con aquellas tremendas cargas a cuestas.
Pero también no deja de ser verdad, que si él nos hubiera tratado con más cariño, las cosas se hubieran hecho más fáciles, pero no fue así, era su forma de pensar en ese momento y lo más difícil era cambiársela. Yo por mi parte; ahora soy todo un hombre, construyendo mi propia experiencia de vida, abriendo camino por mi propia cuenta, y me da mucho gusto que todos mis demás hermanos ya casados con hijos, a quienes no les dan todo pero si los hacen felices y no les falta nada, tengan y vivan sus propias vidas.

Todo esto pasó alrededor del 1992 al 1996, luego las cosas comenzaron a cambiar. Mi padre cambió de trabajo, uno que le daba más dinero y con la ayuda de una señora a la que ellos querían como una madre. Fue ella, quien les tendió la mano en todos los momentos más difíciles; mi padre acudía a ella a pedir dinero prestado y así suplir sus necesidades. En ese entonces, él se hizo socio con un amigo suyo y compraron juntos una maquina de moler piedra, de la cual les hable antes, con la que trabajaron por un tiempo. Hasta que vinieron los problemas de malos entendidos, por lo cual decidieron separarse como socios.
Pero la máquina ¿dónde quedaba?, la habían comprado juntos y el problema fue tan grande que no tuvo arreglo y fue como mi padre acudió a la señora de la que les hable antes, a pedir dinero prestado y así, darle su parte que le correspondía y quedarse él con el aparato, y continuó con el trabajo de siempre. Esos todavía eran momentos difíciles para la familia, pues mi padre no podía pagarle a alguien que le ayudara y no quedaba más que echarle ganas a su lado.
Aunque éramos chiquillos y no entendíamos la gravedad del asunto, de estar endeudados. En ese tiempo era demasiado dinero aproximadamente tres mil pesos, más para nuestra economía familiar, era demasiado dinero, alrededor de tres mil dólares hoy en día.
Algo tengo claro ahora desde mi edad, que en ese momento no podía ver con una visión clara como la que tengo ahora, que a pesar de las trabas de la vida, mi padre nunca se dio por vencido, siempre luchaba con todas sus fuerzas por sacar a la familia adelante.

En este momento ya sólo le quedábamos los hijos menores. Lucas y Carolina, ya estaban casados. Carolina con un jovencillo, un año menor que ella; los dos eran aun unos niños, tenían apenas dieciséis años, y Lucas con su novia que fue la única que tuvo. Pero aun así le echaron ganas y salieron adelante. Cuenta Carolina, que tuvieron que pasar momentos muy difíciles en su joven matrimonio y algunas veces les tocó aguantar hambre.
Carolina fue la primera hija que se alejó de la casa, dejándonos en los momentos más difíciles y todo eso agravó aun más las cosas, pues sin ella era una ayuda menos. Mi padre se molestó muchísimo cuando ella se escapó con su novio, decía que en toda su vida no la perdonaría, que en el momento de su muerte no quería que ella se acercara a él, pero como siempre, todos los enojos pasaron cuando nació su primera nieta; ya Carolina podía visitarnos nuevamente sin ningún problema. En todo esto la que más sufría era mi madre, pues tuvo la mala suerte de ser muy sensible.

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