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Marzo 2006
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Puñaladas al Corazón

J. fredis Romero, nació en Usulutan, El Salvador, en el año 1981. Realizó parte de sus estudios en el la escuela Arcos Del Espino. Fue ahí donde dió sus primeros pasos en el arte.

Retazos del capitulo #1 (Puñaladas al Corazón)

Son las ocho de la noche, nueve de junio del 2005. El día va perdiendo los últimos rayos de sol. Pronto la oscuridad reinará sobre el horizonte que me cobija, pese a esta penumbra, la tarde se va convirtiendo en una de las más hermosas de mi vida. Porque marca un antes y un después de todo lo que he vivido.

Decía Juan Ignacio, sentado en una silla en el balcón de su apartamento, mirando el sol ocultarse por las colinas de los verdes árboles. Sintiendo un poco de frío decide pasar a su recamara y por casualidad se ve frente al espejo, al cual nunca le había prestado atención en días anteriores, pero esta vez, todo es diferente. De pie y sin camisa al ver el reflejo de su cuerpo desnudo frente al espejo, decidió volver y prestarle más atención. Suavemente pasó su mano por sus mejillas y se dijo a sí mismo:

Estoy apunto de cumplir veinticuatro años y no me he dado cuenta; el tiempo ha pasado tan de prisa que no he sido capaz de nada.

Recostándose en la cama cierra los ojos y trae así recuerdos de toda su vida, de pronto los abre y en su espanto dice:

No sé si cumpliré muchos años más pero los que ya he vivido tengo que marcarlos de alguna manera, tal vez para siempre; no por los malos momentos que son muchos, mas bien por todo lo que he aprendido de ellos, como el tener paz, amor por los demás, alegrías, guardar silencio, pero sobre todo manejar la soledad. Ha llegado el momento de ser yo, pues son tantos años de silencio, de torturas y de amargas sonrisas, que ahora quiero comenzar una nueva vida.

Corrió a su escritorio y empieza a escribir a toda prisa, como aquél que redacta una carta de presentación y susurra:

No quiero llenar estas páginas de lágrimas, mucho menos de sonrisas, sólo quiero contar una verdad sobre una vivencia humana; no podré escribir profuso de mis antepasados, no hay cuantiosa información de ellos pero sí les contaré un poco de hace cien años atrás.

En ese entonces las cosas estaban muy difíciles para movilizarse. La economía salvadoreña andaba por los suelos a causa de la guerra, las calles estaban destruidas, los puentes derribados y prácticamente ya no quedaba nada en pie. No había forma de sobrevivir, habían pasado ya siete años de intensa batalla por un objetivo que no se conocía. Quizás, era por buscar la tan anhelada democracia y llegar a ser un país libre; pero en esos días lo único que se tenía era más pobreza que antes.
Mis padres tuvieron que huir con mis hermanos y la mayor parte de la familia. Viajaron primeramente a un lugar llamado Cabañas en donde radicaron por un tiempo, dejando sus humildes casas con las puertas cerradas en el barrio donde vivíamos llamado El Carmen, donde se desarrolló la mayor parte de la guerra. Mi madre cargaba conmigo en brazos por ser el menor de mis hermanos, mientras papá llevaba consigo lo poco que podía.

Carolina, solía contar una anécdota divertida y triste a la vez sobre su infancia de cuando estábamos de huida a Cabañas. En aquella vez a ella le asignaron llevar una bolsa con botellas muy pesadas que le costaba cargar, ya que además de ser pequeña era gordita y a Lucas por ser más grande y flaco llevaba una matata (bolso) con gallinas y pollos. En ese entonces, Lucas tenía nueve años y Carolina siete. Hasta allí, la familia contaba con cinco hijos de los cuales una falleció de dos años, a la que me gustaba recordar en los momentos tristes me gustaba pensar en ella e imaginarme como era.

Para ese entonces, el puente Moropala había sido derribado y la gente tenía que cruzar el río en una balsa de madera la cual se rompía por las intensas lluvias de invierno, siendo arrastrada por el agua con todo y pasajeros de esta manera moría gente por esa causa. Cuando mis padres y mis hermanos esperaban cruzar el rió, cansados por el largo viaje, ya que a causa de la situación que pasábamos no había transporte terrestre y la gente tenía que caminar llevando lo que podían; en caballos o carreta de bueyes, como fuera, la cosa era salir y así librarse de la muerte, que estaba por todas partes. La guerra era a nivel nacional y no había forma de escapar de ella, a menos que se emigrara a otro país.
Estaba Lucas recostado en un árbol, se había quedado dormido con su matata de pollos y gallinas. De pronto se escucho un grito despavorido – ¡El niño! – ése era Lucas que se encontraba enredado en los lazos de un cerdo que se le escapó a uno de los que también huían. Cuando mi padre lo alcanzó estaba a pocos segundos de caer el río, y mi hermano estaba muy asustado y llorando.

Después de tanto caminar llegamos a nuestro destino llamado Puerto Parada, a la casa de una señora que se hacia llamar Leti, donde ya se encontraba mi tía, hermana de mi padre. Ella contaba con seis hijos entre pequeños y grandes, fue allí donde permanecimos por un tiempo. Teniendo que marcharnos pocos meses después, como todas las familias salvadoreñas que no tenían un sitio seguro donde vivir, pues en la casa de la señora Leti no cabía más gente, estaba completamente llena de amigos y familiares de la señora.

Nos habíamos refugiado con ella hasta que una tarde mi padre estaba sentado bajo un árbol, mirando el sol ocultarse desesperado por no saber donde poder mantener segura la familia, decidió buscar otro lugar donde refugiarnos, en ese instante de desesperación uno de los que allí se hallaban, se acercó a comentarle que le habían dado información de algunas personas que tenían casa en la playa y estaban buscando a alguien que puede cuidársela. Ellos estaban a punto de marcharse a vivir a la capital y no querían que la casa fuera destruida o robado los materiales como había pasado ya con las casas vecinas.

La casa quedaba en una pequeña isla llamada Santa Catarina ubicada al sur de la capital salvadoreña, en el Océano Pacifico y al norte un pequeño puente que habían tratado de derribar muchas veces sin poder conseguirlo y para suerte de los que no abandonaron la isla. Este lugar era un sitio desolado donde la mayor parte de la gente se había marchado, eran pocas y contadas las familias que quedaban. Mi padre sin pensarlo aceptó la propuesta sabiendo el peligro que teníamos que correr para llegar a ese sitio, pero mirando hacia atrás los niños lloraban, las mujeres desesperadas cocinaban lo que podían, escuchando en los pequeños radios las noticias de los fuertes enfrentamiento que se daban entre soldados y guerrilleros, muriendo así gente inocente como si fueran animales que no valían nada, no le quedaba otra opción, no más que encomendar la pequeña familia a las manos de Dios como siempre lo había hecho y emprender un nuevo y desconocido viaje. Nuevamente la familia tenía que marcharse. Lucas y Carolina tenían sus maletas listas para cogerlas y emprender el otro largo viaje. Nuevamente iba la pequeña gordita con su matata de botellas que era lo único que podía cargar.

Envíe su comentario sobre estos Retazos del capitulo #1 del Libro "Puñaladas al Corazón" volver21@hotmail.com

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© Copyright-2003 Carlos A. Velásquez Blanco